No estoy muy seguro de si esto me ocurre desde hace poco o es algo con lo que he convivido siempre, aunque me inclinaría más por la segunda opción. Como bien todos sabréis, hace poco estábamos de vacaciones, con motivo de la Semana Santa (que este año ha sido doble) y se supone que debía estar relajado, sin ningún motivo de preocupación, tumbado en mi jacuzzi, pidiéndole Martinis con vodka acompañados de caviar ruso a mi mayordomo y disfrutando de la compañía de... perdón, estaba en la piel del vejete de Playboy.
Chistes de dos duros aparte, lo cierto es que en lugar de estar con la mente despejada y dejar a un lado las preocupaciones (que bastantes hay durante el período escolar), lo que he hecho ha sido retomar temas que siempre han estado ahí, pero en los cuales durante la rutina no tengo ocasión de pensar.
Por poner un ejemplo del montón, está el de mi futuro en forma de universidad. Ya tengo decidido que voy a estudiar Derecho, y que el primer año lo cursaré en la Universidad del País Vasco (Campus de Bizkaia, en Leioa, para más señas), pero no me convence. Voy allí porque no tengo otra opción; siendo claros, mi familia no tiene money, money para pagarme una residencia de estudiantes o el pastizal que supone la Universidad de Deusto. Además, tengo entendido que en materia de Derecho la UPV no es ninguna maravilla, y es por ello que no dejaba el runrun del qué voy a hacer tras la carrera. Y es que, aunque siempre he tenido bastante claro que quiero tirar por las oposiciones (la vida de funcionario pinta bastante bien) cada vez me atrae menos por la dificultad de las mismas. Ahí es donde entra el juego el estudiar en una buena universidad: el salir colocado. Y no se me ocurrió otra cosa durante la Semana Santa que llamar a la Universidad Pompeu Fabra (donde me gustaría cursar la carrera a partir de segundo, en caso de encontrar algún trabajo con el que autosubvencionarme) para preguntar si lo que pretendo es posible. Me dijeron que sí, pero ésa no es la cuestión.
La cuestión es la que estábamos tratando antes, mi, como yo lo denomino, Síndrome de Ally McBeal. No sé si veíais esta serie, pero el personaje interpretado por Calista Flockhart se caracterizaba por no ser capaz de llevar una vida libre de preocupaciones; siempre había algo que tenía que arreglar o a lo que darle vueltas, de lo contrario no se encontraba a gusto. Yo creo que a mí me sucede lo mismo, y es una jodienda de un calibre considerable, puesto que dicho síndrome no le permite a uno llevar una vida normal en momentos en los que debería disfrutar, desconectar o pasar el rato. En fin, cosas de la cabeza, de las que no tengo ni idea dado que no soy psicólogo.
martes 1 de abril de 2008
Síndrome de Ally McBeal
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auster
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